Cada día que pasa siento que me alejo del mundo real.
Vagando por las calles, con lamento urbano y etílico de pereza, sentimiento de culpa por no ser parte contratante de un apartamento en New York City.
Mi vida fluye en un lento batir de alas, abogado fracasado defendiendo a la muerte por acabar con nosotros, cuando ya estamos en prisión cumpliendo toda nuestra vida y un día, mirando al suelo de cemento sin ver nuestra condición de reos, cuando el deseo nos lleva a un ciclo fútil e innecesario de destrucción y caos.
Mentes jadean en un pretencioso y pedante discurso, mientras se alejan del pequeños planeta donde los plátanos azules se yerguen tensos y erectos. Mientras, sobre una lluvia de pétalos negros, un fantasma vampirizado por un gato, propiedad de la bruja negra del sur, canta canciones robadas de amor y se suicida buscando un final recordado por nadie más.
La filantro-misantro-licantropía bebe nuestra sangre en una copa de latón oxidado, mientras nosotros solo tomamos placebo creyendo que calmará el dolor. La decadencia y la soledad nos acosan entre la masa, desde donde se cruzan rutinarios especimenes de mecanizada y monótona musicalidad. De vez en cuando se cruza ante nuestra mirada una banal obra teatral que nos vomita al mundo aceptado y feliz, pero tras breves instantes de tremenda confusión regresamos al post-apocalíptico universo de ideales y finanzas en números rojos del alma nihilista.
Partimos las nueces de un futuro desconocido sin pensar en las consecuencias que puede tener el poder volar sobre el universo ardiente, poder brillar como una estrella con el doble de luz nos hará quemarnos antes de poder lucir. El filtro de la toxicidad se pudre hediondo sin creer que debería de reciclarse para poder funcionar. El simiesco negrero nos esclaviza a su voluntad, nos aleja de la fuente del mana, del lago donde el musgo crece sobre la vida eterna, y las piedras del riñón se disuelven al beber de vasijas utilizadas de PVC. Sacrificando nuestra pureza en su vil y desbordada figura, nos creemos sacerdotes fabricantes de la nada infinita y de hogueras de frío donde podernos calentar, vemos imágenes oníricas en espejos que reflejan la luz, su infernal majestad se cree Dorian Gray sin cuadro que envejezca por él, el vacío llena nuestra alma, la soledad nos acompaña ruidosa y tememos la sombra del sol.
Odio, sentimiento de odio. El poder divino no podrá redimirnos cuando la carne se expanda sobre el metal y la ira. Mutación colérica y pretenciosa, de oscura seducción y obsesión, existencial lamento de desgarrada pena. Ajenos a las pinturas de guerra y al carmín. Un cuarteto toca la siniestra, cadenciosa y leve melodía del inicio y fin del mundo, y en todos los agujeros negros hay cola para entrar. El blandir de los sables sanguinolentos escupiendo anfibios ejércitos nos permite padecer los horrores de la indefensión. Final cerrado a posibles interpretaciones, rechazo y miedo a lo que siempre quisimos.
El tiempo se retuerce lentamente para dejarnos atrás, y solo vemos a nuestro alrededor el mundo pasar sin tocarnos.
Patéticos bucaneros buscando un tesoro legendario con visos de no existir.
Lo que buscamos no existe, y lo que existe no lo buscamos. Solo miramos a la Luna y seguimos buscando vida.