Ciertamente corren tiempos extraños.
Tiempos de impersonalidad y estandarización, en los que se prefiere comprar y copiar una personalidad a forjarla uno mismo, en los que no se valoran las ideas propias si no las apoya el resto, de pensamiento único, de pensamiento unidimensional.
Tiempos de soledad e incomunicación, en los que la gente teme expresar sus sentimientos por miedo al rechazo, en los que se actúa violentamente contra el resto en una frenética y sarcástica ley de la selva de comentarios ácidos sobre peinados y atuendos, de risitas ignorantes ante el que siente, de snobs de pueblo acorralando a Víctor Hugo y a Edgar Alan Poe, de turbas enfurecidas con horcas y antorchas frente al castillo de Drácula, de sensiblería barata e insensibilización de lo más profundo del alma.
Tiempos de grandes distancias en los espacios cortos, de palabras ruidosas de silencioso significado, de soledad entre la muchedumbre, de anonimato familiar, de incomprensión general, de intolerancia propia y ajena, de mundos fantasmales sobre raíces de éter.
Tiempos de corazones de papel couché, de implantes de silicona, de speed y pastillas, de cyborgs servidos en bandeja de oro, bañados de salsa rosa y con un poquito de azafrán, de comida rápida elitista y mudas de piel de serpiente con cuerpo danone, de obesidad y anorexia, de rubias de bote con acento oriental, de pan y circo, de Mc Donalds y centros comerciales, de adictos al trabajo y férreas cadenas bancarias.
Tiempos de pensamientos de usar y tirar, de tendencias ya pasadas de moda antes de serlo, de papeles con férreo guión en el teatro de la vida, sin capacidad a la improvisación, de tribus urbanas adorando a becerros de silicio y tierra seca de ideales comprados en packs de ahorro de tres por dos, de contratos con cláusulas ocultas y letra pequeña jamás redactada, de coletillas mediáticas de vertedero con su glamuroso perfume parisino de hiel.
Tiempos de vidas caóticas y perdidas, de náufragos con barco nuevo, de brújulas que señalan la dirección del viento, de confusión y engaño, de mentes ofuscadas, de pupilas atragantadas, de casas con solo tejado, de prisas por eyacular.
Ciertamente corren tiempos extraños, si señor.
Corren tiempos extraños, pero me niego a pensar que no hay una pequeña aldea de irreductibles galos en la que se siga diciendo: Están locos estos romanos