Octubre 17, 2004

Defendiendo el asedio en las puertas de la fortaleza

En este campo de batalla de saliva y mocos el viento del norte ruge hacia las entrañas del desdichado.
Violentas toses desgarran fragmentos verdes y gelatinosos de los cadáveres, de proteína, lamentos dolorosos que resuenan en el exterior como una débil señal en Morse que pide SOS.
Agujas punzantes emergen limpia y dolorosamente del terreno, para impedir el paso de la más ínfima traza de agua destilada de purificadora lluvia.
Sobre este infierno caliente, viscoso y maloliente los ecos del lamento del capitán de los ejércitos, resuenan desgarrados y faltos de fuerza, hirientes y jadeantes, mientras traga saliva, atravesando este bosque de árboles cortantes, de cuchillas de filo imposible y uñas microscópicas de lacerante masoquismo.
La inundación salvaje del primer tramo de este interior externo de cuevas y ramificaciones por estos restos grumosos adheridos con fuerza al alma y las cuerdas del arpa de los ángeles, son la cadena de lagrimas que angustia la respiración del amanecer resacoso, la primigenia larva de células madre de la destrucción.

La guerra química sobre sus posiciones resulta inútil ante el tremendo poder de la horda del caos parasito, y las pingües victorias sobre sus posiciones, lejos de ser gratificantes alivios, se convierten, al caer los restos inmundos en su merecida muerte al infierno del lago acido, en minas colocadas sobre cadáveres que elevan el malestar al limite de la nausea, convirtiendo a la bota de vino de degradación corrosiva en la lavadora oxidada que centrifugando con agua embarrada de cadáveres de animales de granja y hojas húmedas en putrefacción, hace pesar y lentitud la mísera existencia del señor de la guerra que se ve superado ante tal adaptación y falta de honor.

Solo la visión de la una lejana victoria en la que el canto de las aves y las palabras de la verdad resuenen en el encarnado campo de batalla y los manjares mas suculentos atraviesen con placer orgiástico de bacanal romana, mientras el néctar de los dioses riegue estos parajes haciendo florecer los pensamientos ebrios de genialidad perturbada.
Oh! cuan idílica es la paz cuando se esta enfangado en la batalla contra el mal patogénico, el aliento nauseabundo salido del frío, de los más profundo del averno directamente hasta mi maltratado organismo, la sociedad política perfecta, de funcionamiento amigable y misterioso para el observador.
Mientras tanto con las rodillas hincadas en el suelo esperando un rayo de luz asomando entre las nubes, lanzo un ronco grito de guerra que aliente a mis tropas a acabar con el mal y poder disfrutar de la paz hasta la nueva acometida del enemigo invisible y traidor.

Posted by Ferny at Octubre 17, 2004 07:39 PM