Hace frío, y en la calle un tremendo viento arroja las pardas y secas hojas al suelo. Odio el viento y su engañosa temperatura. Ese viento que se lleva mi calor a cada paso que doy, y a cada mirada el horizonte. Ese viento que me vampiriza mi calor, arrebatándomelo de mi garganta.
Hace frío y los termómetros callejeros me escupen a la cara su fría respuesta electrónica. Desmoralización psicológica de las farmacias, frío y catarros, así en nuestra paranoia hipocondríaca compramos más aspirinas y frenadoles.
Hace frío, mucho frío. Los pies fríos, la nariz fría y el cuello frío. El frío del azul del cielo y de las estrellas nocturnas. El frío del universo, ese drenaje calorífico ansioso de vida, la muerte es fría, y el frío da más miedo que la noble señora.
Hace frío y cristales de hielo ensanchan las paredes de mi cárcel. Carámbanos y chupiteles, estalactitas criogénicas de áspero papel de lija helado. Frío, eterna quietud y ojos sin vida. Un atroz escalofrío recorre mi espalda, de arriba abajo estremecimiento y frío.
Hace frío, y mi alma se congela a cada exhalación de mi aliento, mi triste figura destila, tras su gélido perfil, frío. Acurrucada en lo calentito mi fantasma se me mete cada vez más adentro, y acongojado tirita sin abrir los ojos.
-Tengo frío
Susurra levemente con los ojos cerrados, arropado, como puede, por mi fría carne. Busca desesperadamente una hoguera, el refugio de la torre donde vivir caliente y en paz, pero hace frío y le toca otra vez vivir al raso.