La niebla tapa mi visión y bajo su manto de misterio y frío, la melancolía se agazapa en cada esquina. En callejuelas antiguas y húmedas la vida me pasa delante mis ojos, y la muerte me pasa por detrás. No tengo más remedio que correr, que saltar y escapar de aquí. Correr por ese pasillo tan largo con las llamas del infierno a mí alrededor y saltar por una ventana y volar. Icaro.
Tú me acompañas, y poco a poco me tranquilizo. Yo soy tú y tú eres yo... ¿somos la misma persona? Lo único que siento es que mirando tus/mis ojos podía pasar la vida y parte de esa muerte que me perseguía hace instantes. No se como entrantes en mi vida, ni cuando ni donde, pero ahora no es momento de preguntas, tu pelo suelto en la hierba, mirando las estrellas y viajando por el espacio, lejos del bullicio, la preocupación y el malestar. Déjate llevar por el fluir del tiempo a través de mis dedos, por la preocupante inconsciencia del que cierra los ojos delante del tren. Iremos juntos a la Todai.
Despierto con mí ulcera hipocondríaca destrozada, y la ansiedad recorre mi espinazo. Tú corres lejos de aquí con lagrimas en los ojos, y yo te veo alejarte mientras, petrificado recuerdo tus ojos medio cerrados y tus labios húmedos, dejando asomar esa media sonrisa cómplice que tan bien me hacia sentir. Esa mirada de ingenua perversión.
Supongo que puedo seguir soñando con encontrarme contigo en el vagón de un tren que se dirige a algún sitio o en esa calle tan familiar que no me suena de nada ahora que estoy despierto.
Sé que dentro de un instante me daré cuenta de que no sé quien eres, que no te conozco, que todo ha sido una sueño, o que esto es solo una pesadilla real, en la que no estas.
Espero verte pronto, que esto solo sea un hasta luego.